Abadía & Iglesia

Guia Artística de Weltenburg

El Monas­te­rio bene­dic­tino de Wel­ten­burg, la más anti­gua aba­día de Bavie­ra, fue fun­da­do alre­de­dor del año 600 por mon­jes de S. Colum­bano y se encuen­tra a la entra­da de las román­ti­cas gar­gan­tas del Danu­bio y en las lade­ras sep­ten­trio­na­les del Arz­berg, la anti­gua colo­nia cel­ta de Arto­bri­ga. 
La igle­sia barro­ca, obra de los her­ma­nos Cos­me Damián y Egi­dio Qui­rin Asam, fue ini­cia­da en 1716 bajo el man­da­to del abad Mau­ro Bächl (1713–1743). 

 

El atrio de entra­da fue aca­ba­do en el 1751 por Franz Anton Neu. Este espa­cio, al ingre­so de la igle­sia, es una invi­ta­ción al reco­gi­mien­to inte­rior del cris­tiano, por eso se encuen­tran repre­sen­ta­dos sim­bó­li­ca­men­te en estu­cos de bajo­rre­lie­ve, los Cua­tro Noví­si­mos (muer­te, jui­cio, infierno y glo­ria), y las Cua­tro Esta­cio­nes, como expre­sión de la fuga­ci­dad de la vida terre­na; una pin­tu­ra al óleo del Jui­cio final, de Franz Adam y dos con­fe­sio­na­rios en cuya par­te supe­rior se han repre­sen­ta­do a dos gran­des peni­ten­tes a San Pedro (que rene­gó de Cris­to tres veces) y a la peca­do­ra Mag­da­le­na, com­ple­tan el con­jun­to. 

 

Se entra lue­go en la nave de plan­ta ova­la­da pre­ce­di­da y segui­da por dos espa­cios en for­ma de capi­lla. Sobre el arco del espa­cio que se abre a la nave prin­ci­pal de la igle­sia, por enci­ma de la entra­da, se encuen­tra el órgano; la monu­men­tal caja barro­ca es de Cas­par Mayr, y el órgano de Kon­rad Bran­dens­tein (1728); se tra­ta del úni­co órgano de este tipo con­ser­va­do intac­to. A mano dere­cha del visi­tan­te y en la par­te cen­tral de la pared, entre dos gran­des colum­nas, vemos, a pun­to de des­em­bar­car de la cara­be­la “San­ta María”, a los pri­me­ros bene­dic­ti­nos que fue­ron a Amé­ri­ca (es tra­di­ción que un mon­je de Mon­tse­rrat (Espa­ña) acom­pa­ñó a Colón). En fren­te, a mano izquier­da del espec­ta­dor, se encuen­tra el púl­pi­to, de már­mol de Wel­ten­burg (así como las colum­nas) que encua­dran un fres­co pre­si­di­do por la esta­tua de San Beni­to sobre el púl­pi­to, repre­sen­ta­do como maes­tro que ense­ña la Regla y que mues­tra, en las hojas del libro, las pala­bras lati­nas ini­cia­les del pre­fa­cio: “Ascul­ta, o fili.” Es un apre­mio al espec­ta­dor a la escu­cha, como las per­so­nas repre­sen­ta­das a su dere­cha, en el fres­co, que sacian su sed con las aguas de la ver­dad del Evan­ge­lio; a la izquier­da del san­to están los vicios capi­ta­les, que deben recha­zar­se . 

 

A cada uno de los cos­ta­dos de estas dos gran­des repre­sen­ta­cio­nes se encuen­tran dos capi­llas (alta­res late­ra­les) de idén­ti­ca cons­truc­ción y que suman cua­tro en total: los cua­dros de los alta­res, siguien­do la agu­ja del reloj, repre­sen­tan 1) a la Tri­ni­dad coro­na­do a María, (esta obra es de Dabur­ger); 2) a San Mau­ro que sal­va de las aguas a San Plá­ci­do; 3) a San Beni­to en ora­ción; 4) al Cru­ci­fi­ca­do con sie­te ánge­les que llo­ran su muer­te Estas tres últi­mas pin­tu­ras per­te­ne­cen a Cos­me Damian Asam, así como la fac­tu­ra de los alta­res. En los meda­llo­nes situa­dos inme­dia­ta­men­te sobre los alta­res men­cio­na­dos y den­tro de un óva­lo acris­ta­la­do, encon­tra­mos (y en el mis­mo orden ante­di­cho): a San José, a San Juan Nepo­mu­ceno; a San­ta Esco­lás­ti­ca, y el Ángel de la guar­da, con un niño. La repre­sen­ta­ción de los ánge­les es muy fre­cuen­te por­que el Monas­te­rio se adhi­rió en el año 1688 a la Con­gre­ga­ción Bene­dic­ti­na báva­ra que lle­va por títu­lo “Con­gre­ga­ción Bene­dic­ti­na de los San­tos Ánge­les Cus­to­dios”. Miran­do hacia arri­ba, antes de lle­gar a la fran­ja dora­da mol­dea­da que ini­cia la cúpu­la se encuen­tran los Arcán­ge­les Miguel, Gabriel (con el Rosa­rio) Uriel (con el fue­go de la ado­ra­ción) y Rafael. Y los cua­tro gran­des bajo­rre­lie­ves dora­dos que se encuen­tran sobre los cua­tro gran­des arcos repre­sen­tan: sobre el arco del altar mayor, la muer­te de San Beni­to, sobre el lado opues­to, la muer­te de su her­ma­na Esco­lás­ti­ca, a la dere­cha del espec­ta­dor, la cons­truc­ción de Mon­te­ca­sino (529) y a izquier­da, el rey de los Ostro­go­dos, Toti­la, pre­sen­tán­do­se ante San Beni­to. 

 

Bajo cada uno de estas repre­sen­ta­cio­nes y sobre­po­nién­do­se a las mis­mas, se encuen­tra cada uno de los Evan­ge­lis­tas, en imá­ge­nes de gran relie­ve. Sobre San Lucas, a la dere­cha del visi­tan­te, entre la balaus­tra­da y la coro­na que cir­cun­da el ini­cio de la cúpu­la, se ve una peque­ña figu­ra que mira son­rien­te y retra­ta al pro­yec­tis­ta y cons­truc­tor de la igle­sia, Cos­me Damian Asam, ves­ti­do con una casa­ca roja. 

 

La capi­lla cen­tral o mayor es el espa­cio del pres­bi­te­rio que con­tie­ne el monu­men­tal reta­blo y altar mayor. En el cen­tro y sobre el altar se abre una gran hor­na­ci­na en cuyo cen­tro se encuen­tra repre­sen­ta­do el titu­lar de la Igle­sia y monas­te­rio, San Jor­ge, que sobre su pla­tea­do caba­llo mata el dra­gón y sal­va la hija del rey. Sobre el fon­do de la pared absi­dial hay un gran fres­co envuel­to en una gran lumi­no­si­dad repre­sen­tan­do a la Inma­cu­la­da que pisa el ser­pien­te. Miran­do a la izquier­da del arco de la hor­na­ci­na, entre colum­nas salo­mó­ni­cas, está el obis­po San Mar­tín de Tours y a la dere­cha, San Mau­ro, bajo la figu­ra del abad Mau­rus Bächl. Sobre el arco del reta­blo se ve el escu­do de armas del enton­ces Prín­ci­pe Elec­tor Car­los Alber­to. Como coro­na­ción del altar vemos la ima­gen de la Madre de Dios y, a su dere­cha e izquier­da, a dos ánge­les; uno es el arcán­gel Gabriel que le anun­ció la encar­na­ción del Hijo de Dios, el otro, es un ángel que le entre­ga el cetro de la sobe­ra­nía sobre los ánge­les y los san­tos: María está pre­sen­ta­da como la “mujer del Apo­ca­lip­sis” y apa­re­ce rodea­da de las doce estre­llas. En el fres­co supe­rior del techo se con­tem­pla a su Hijo Jesu­cris­to, que la espe­ra. Sobre la bóve­da del pres­bi­te­rio, en un cua­dro, vemos al Duque Tasi­lio, cum­plien­do su voto y entre­gan­do a la Reli­gión (ale­gó­ri­ca­men­te repre­sen­ta­da por la dama del cen­tro) y a San Beni­to el monas­te­rio por el fun­da­do. 

 

La pin­tu­ra de la bóve­da cen­tral de la igle­sia, obra maes­tra de la pin­tu­ra barro­ca, se abre en una mara­vi­llo­sa visión de la cúpu­la inun­da­da de luz con la San­tí­si­ma Tri­ni­dad que coro­na a María. Giran­do con la agu­jas del reloj vemos a san Jor­ge con el dra­gón; Siguen los dos san­tos her­ma­nos Beni­to y Esco­lás­ti­ca y a San Mar­tín y el abad Mau­ro Bächl; sobre el órgano pode­mos ver a David, Mag­da­le­na y Ceci­lia, y otras san­tas; final­men­te, con los após­to­les vemos a San Ruper­to — ya que él con­sa­gró en su día la igle­sia pri­mi­ti­va (y la Capi­lla de Frauen­berg que con­tie­ne la esta­tua de la Vir­gen de las Gra­cias del siglo XV). Todo el con­jun­to sim­bo­li­za la “Igle­sia Triun­fan­te” que da glo­ria a Dios Tri­ni­dad. Por todo ello, el pen­sa­mien­to mís­ti­co de la Puri­fi­ca­ción, Ilu­mi­na­ción y Uni­fi­ca­ción, según Dio­ni­sio el Aero­pa­gi­ta, encuen­tran, en esta her­mo­sí­si­ma cúpu­la, una gran­dio­sa expre­sión artís­ti­ca. 

 

El Atrio 

Fue pla­nea­do por Anton Neu de Prü­fe­ning, basán­do­se en una idea de los Her­ma­nos Asam, para tra­tar de pre­pa­rar al visi­tan­te, que entra en la casa de Dios, con una ade­cua­da dis­po­si­ción inte­rior, mos­trán­do­le tres bue­nas razo­nes a su refle­xión: 

1 — Las cua­tro esta­cio­nes están dis­pues­tas en la par­te supe­rior al comien­zo de la bóve­da y colo­ca­dos en aspa de cruz, en los cua­tro cos­ta­dos: la pri­ma­ve­ra con sus ramas recién bro­ta­das, el verano repre­sen­ta­do con un her­mo­so ramo de flo­res, el oto­ño con sus fru­tos y el invierno con una estu­fa (o bra­se­ro en for­ma de incen­sa­rio) humean­te. Con ello, y ade­más, se quie­re sig­ni­fi­car sim­bó­li­ca­men­te el via­je terre­nal humano a tra­vés de la infan­cia, la juven­tud, los años de un visi­ble éxi­to y los días de la vejez. 

2 — Los con­fe­sio­na­rios, a izquier­da y dere­cha (actual­men­te uno de ellos con­tie­ne una estan­te­ría con libros de doc­tri­na cris­tia­na) con las imá­ge­nes super­pues­tas de dos gran­des y san­tos peni­ten­tes: San Pedro y la Mag­da­le­na, que nos seña­lan la reali­dad del peca­do, la posi­bi­li­dad de expiar y con­se­guir el per­dón por la con­fe­sión sacra­men­tal. 

3 – En el techo, tam­bién cuan­do se ini­cia la bóve­da pla­na, los cua­tro bajo­rre­lie­ves de estu­co, en los cen­tros de los cua­tro cos­ta­dos, repre­sen­tan, sur­gien­do las agu­jas del reloj, los cua­tro noví­si­mos: el paraí­so como con­tem­pla­ción de la Tri­ni­dad de Dios (trián­gu­lo equi­lá­te­ro con el ojo de la omnis­cien­cia y un cora­zón humano puri­fi­ca­do); el infierno ilus­tra­do con pro­fun­do sim­bo­lis­mo: una ser­pien­te, (que for­ma un círcu­lo para indi­car la eter­ni­dad), lla­mas y antor­chas, y a la izquier­da un reci­pien­te vacío que indi­ca el tor­men­to de la inex­tin­gui­ble nos­tal­gia de Dios; el jui­cio, sobre la ven­ta­na del por­tal, con el sím­bo­lo de la jus­ti­cia divi­na: balan­za, espa­da y libro con las sen­ten­cias; y final­men­te vemos la muer­te, que nadie pue­de evi­tar, y por eso mues­tra, que tam­bién los pode­ro­sos (papa, obis­pos, reyes ‑poder espi­ri­tual y tem­po­ral) mue­ren; La pin­tu­ra, al óleo, sobre el techo, es de Franz Adam, hijo de Cos­me Damian Adam, (1745) e ilus­tra el Jui­cio Uni­ver­sal. 
El entorno de entra­da ha sido dise­ña­do inten­cio­nal­men­te por los arqui­tec­tos y deco­ra­do de modo sig­ni­fi­ca­ti­vo, para recon­du­cir al cris­tiano al recuer­do de que es una cria­tu­ra y de su peque­ñez delan­te del Dios infi­ni­to, al que le es per­mi­ti­do, no obs­tan­te, lla­mar­le de “Tú” y “Padre.” La Liber­tad cris­tia­na la va a encon­trar en la mag­ni­fi­cen­cia glo­rio­sa de la cúpu­la cen­tral de la Igle­sia. 

 

La nave cen­tral 

Está carac­te­ri­za­da por un armo­nio­so repar­to de sus pane­les en cua­tro gran­des arcos y cua­tro alta­res late­ra­les, con sus lumi­no­sos estu­cos dora­dos y los fres­cos en las pare­des y en el techo reple­tos de ale­gres y lumi­no­sos colo­res. 

 

Los cua­tro gran­des arcos o capi­llas 

La pri­me­ra per­te­ne­ce a la entra­da y conec­ta con la gran nave ova­la­da. La mitad supe­rior de este pri­mer gran arco que tras­pa­sa el visi­tan­te al salir del atrio, está ocu­pa­da por el órgano con sus ele­gan­tes líneas arquea­das y su dora­da deco­ra­ción. El segun­do arco, a la dere­cha del espec­ta­dor, que ya mira hacia el altar mayor, con­tie­ne un fres­co que recuer­da la lle­ga­da de los Bene­dic­ti­nos a Amé­ri­ca en la cara­be­la “San­ta María” al man­do de Cris­tó­bal Colón en el año 1493; el arre­ci­fe, en relie­ve roco­so se mues­tra bajo el fres­co des­cen­dien­do has­ta el sue­lo de la igle­sia. El ter­cer arco da entra­da al pres­bi­te­rio. El cuar­to arco, a la izquier­da, sos­te­ni­do por dos gran­des colum­nas, como el del fren­te, es de nue­vo un plano en el que ha sido inser­ta­do sabia­men­te el púl­pi­to de már­mol de Wel­ten­burg. Las dos mita­des de la pin­tu­ra hacen refe­ren­cia a San Beni­to que pré­di­ca, en ima­gen sobre el dosel del púl­pi­to; hacen eco sim­bó­li­co a sus pala­bras, a mano izquier­da la adhe­sión de varios san­tos a la Regla, mien­tras que a la dere­cha, (izquier­da de san Beni­to) se mues­tran los vicios capi­ta­les a los que hay que renun­ciar (orgu­llo e ido­la­tría de los valo­res terre­na­les) si se quie­re beber de las aguas cau­da­lo­sas (dere­cha de san Beni­to) que bro­tan de la ver­dad del evan­ge­lio. 

 

Los cua­tro alta­res late­ra­les 

están pro­yec­ta­dos por Egi­dio Qui­rin Asam, y son idén­ti­cos en su dise­ño. Cada mesa de altar está rica­men­te deco­ra­da y dora­da. Las colum­nas de estu­co simu­lan­do már­mol son salo­mó­ni­cas y flan­quean un cua­dro rec­tan­gu­lar y otro oval (acris­ta­la­do) tam­bién en relie­ve; las colum­nas sos­tie­nen un dosel de apre­cia­ble talla­do. Al entrar, en el pri­mer altar, a mano dere­cha del visi­tan­te, se repre­sen­ta –en el óva­lo acris­ta­la­do- en bus­to a San Juan Nepo­mu­ceno- patrono de todos los que viven jun­to al Danu­bio- y, en el cua­dro, a San Mau­ro – el ros­tro del san­to posi­ble­men­te es el del abad del Monas­te­rio- que sal­va de las aguas a San Pla­ci­do. En el segun­do altar, a mano dere­cha miran­do el altar mayor, se repre­sen­ta a la San­tí­si­ma Tri­ni­dad coro­nan­do a María mien­tras que el óva­lo acris­ta­la­do está la ima­gen de san José con el niño; giran­do hacia la izquier­da, pasa­do el altar mayor vemos un con­mo­ve­dor cua­dro de la Cru­ci­fi­xión y en óva­lo acris­ta­la­do se repre­sen­ta al Ángel de de la guar­da; final­men­te, en el últi­mo, y cuar­to altar, hay un cua­dro de San Beni­to en ora­ción y en el óva­lo acris­ta­la­do vemos la muer­te de su her­ma­na San­ta Esco­lás­ti­ca. Todas las pin­tu­ras son de Cos­me Damian Asam, menos la de la coro­na­ción de la Vir­gen, que es pos­te­rior, y per­te­ne­ce a Dabur­ger .

 

Sobre cada uno de los cua­tro gran­des arcos se hallan las cua­tro figu­ras en movi­mien­to de los cua­tro evan­ge­lis­tas, Juan, Lucas, Mar­cos y Mateo, con sus corres­pon­dien­tes sím­bo­los: el águi­la, el buey, el león, y el ángel. 

 

La gran fran­ja que da paso a la cúpu­la está sub­di­vi­di­da en cua­tro cam­pos mayo­res y cua­tro meno­res: en corres­pon­den­cia, y en la par­te supe­rior de los cua­tro los 4 alta­res — cam­pean sobre un fon­do de bro­ca­do los Arcán­ge­les Miguel, Gabriel –con el rosario‑, Uriel –con el fue­go- y Rafael. En los cua­tro cam­pos mayo­res hay cua­tro esce­nas dora­das y rica­men­te enmar­ca­das. Giran­do según las agu­jas del reloj, vemos, sobre el evan­ge­lis­ta Juan, la muer­te de San Beni­to: sobre San Lucas, la cons­truc­ción del Monas­te­rio de Mon­te­ca­sino; sobre San Mar­cos, la muer­te de la her­ma­na de San Beni­to, Esco­lás­ti­ca y sobre San Mateo el encuen­tro del prín­ci­pe de los godos, Toti­la, con San Beni­to. La coro­na que enmar­ca la aber­tu­ra de la cúpu­la se ani­ma viva­men­te con moti­vos orna­men­ta­les, nubes y gru­pos de ánge­les, que sus­ten­tan coro­nas de estre­llas. Entre este y el pre­til se aso­ma, sobre el fres­co de la Cara­be­la “San­ta María” la figu­ra del arqui­tec­to y pin­tor Cos­me Damian Asam ves­ti­do con una casa­ca roja, pro­pia de su tiem­po. 

 

El fres­co de la bóve­da cen­tral o cúpu­la 

repre­sen­ta, entre las arqui­tec­tu­ras pin­ta­das de colum­nas, pane­les y cor­ni­sas, a la Igle­sia del Cie­lo. En el cen­tro de la cúpu­la el Espí­ri­tu San­to como cora­zón de la Igle­sia, a con­ti­nua­ción se repre­sen­ta a Dios Padre y a su divino Hijo, mien­tras coro­nan a María. Más aba­jo, colo­cán­do­se sobre el altar mayor, pode­mos ver, ves­ti­do de sol­da­do, al patrón de la igle­sia San Jor­ge. A su dere­cha la “Igle­sia Triun­fan­te” Beni­to y Esco­lás­ti­ca; lue­go, se repre­sen­ta al abad Mau­rus Bächl ves­ti­do gris, y a su lado, casi como un ángel más, pero con pelu­ca, pode­mos con­tem­plar el maes­tro estu­ca­dor de la igle­sia, Egi­dio Qui­rin Asam, y cer­ca de San Mar­tín y los dos san­tos obis­pos de Regens­burg, Wolf­gang y Émme­ram; los San­ta Muje­res y las vír­ge­nes Úrsu­la, Bár­ba­ra, Cata­li­na, y San­ta Ceci­lia, están sobre el órgano, así como el Rey David y otros per­so­na­jes del Anti­guo Tes­ta­men­to; por enci­ma del púl­pi­to los doce Após­to­les y el após­tol de Bavie­ra S. Ruper­to. 

 

Resu­mien­do: se pue­de afir­mar que en este enor­me y bri­llan­te fres­co rea­li­za­do por Cos­me Damián Asam, jun­to a todo el con­jun­to de la Igle­sia se ha que­ri­do repre­sen­tar una pro­fun­da con­cep­ción de la teo­lo­gía cató­li­ca. Él artis­ta qui­so repre­sen­tar el con­tras­te entre luz y la oscu­ri­dad como sím­bo­los de lo humano que bus­ca pro­bar y pre­gun­tar res­pec­to al peca­do, y, por otra par­te, la mis­ma exis­ten­cia de una res­pues­ta amo­ro­sa de Dios en toda su gran­de­za. 

 

El peso de la mate­ria, sim­bo­li­za­da en las colum­nas y en las pilas­tras de las par­tes infe­rio­res, y que va en dis­mi­nu­ción, poco a poco, hacia arri­ba has­ta des­apa­re­cer com­ple­ta­men­te, hace alu­sión a la trans­fi­gu­ra­ción de todos los seres crea­dos. Todo el entorno dice: “¡levan­te­mos el cora­zón!” — una exhor­ta­ción que no pue­de ser des­cui­da­da. 

 

Pres­bi­te­rio 

El altar mayor for­ma el pun­to cen­tral del pres­bi­te­rio, y el pun­to cul­mi­nan­te de toda la esce­no­gra­fía. Los bas­ti­do­res son las dos colum­nas retor­ci­das (salo­mó­ni­cas) a los lados del altar, típi­cas de los Asam que estu­dia­ron en Roma. A sus lados se encuen­tran San Mar­tín, a mano izquier­da del espec­ta­dor, y San Mau­ro a la dere­cha, con los ras­gos y ves­ti­dos pre­la­ti­cios del clien­te o abad que encar­gó la obra. Sobre el arco un escu­do rica­men­te deco­ra­do con las insig­nias del Prín­ci­pe Elec­tor de Bavie­ra; y entre las dos par­tes del fron­tis­pi­cio vemos la asun­ción de María al cie­lo. Sobre el altar y el taber­nácu­lo está la gran hor­na­ci­na de made­ra dora­da. En el cen­tro, a caba­llo, se encuen­tra el patrón de la igle­sia San Jor­ge en el acto de matar el dra­gón y de libe­rar la hija del rey; es una obra maes­tra de Egi­dio Qui­rin Asam. Detrás de San Jor­ge, sobre la pared absidal, pue­de ver­se el fres­co de la Inma­cu­la­da. El efec­to de lumi­no­si­dad de la ente­ra com­po­si­ción se con­si­gue por las tres ven­ta­nas inser­ta­das tras los bas­ti­do­res y el fron­tón. Las pare­des late­ra­les del pres­bi­te­rio están ani­ma­das por dos bal­co­nes-ora­to­rios; ánge­les pla­tea­dos levan­tan gran­des dra­pea­dos rojos, de estu­co. El cua­dro de la bóve­da ilus­tra la fun­da­ción del monas­te­rio por par­te del duque Tasi­lio III que hace dona­ción de él a San Beni­to. 

 

San Jor­ge es un már­tir, sol­da­do del ejér­ci­to romano. Y es un per­so­na­je his­tó­ri­co aun­que las cir­cuns­tan­cias de su vida no pue­den ser com­ple­ta­men­te acla­ra­das. La repre­sen­ta­ción sobre el altar está basa­da en una leyen­da que apa­re­ce en la lite­ra­tu­ra medie­val y en el arte, hacia el siglo XII. Se reanu­da al anti­guo moti­vo de la lucha entre el bien y el mal, que encuen­tra su expre­sión — como la lucha con­tra el dra­gón — en nume­ro­sas vidas de san­tos. 

 

Con­clu­sión 

La igle­sia de Wel­ten­burg es, en cuán­to a dimen­sio­nes, la más peque­ña igle­sia aba­cial de Bavie­ra, pero des­de el pun­to de vis­ta artís­ti­co es una de las más her­mo­sas. El pai­sa­je román­ti­co y la atmós­fe­ra de reli­gio­si­dad han con­du­ci­do, con­jun­ta­men­te, a hacer sur­gir una obra maes­tra del gran esti­lo barro­co de la Ale­ma­nia meri­dio­nal en su arqui­tec­tu­ra, deco­ra­ción, el jue­go de colo­res y en los efec­tos de luz. 

 

 

La capi­lla de Frauen­berg 

San Ruper­to inau­gu­ró pre­su­mi­ble­men­te este san­tua­rio mariano a prin­ci­pios del siglo VIII, y según una vie­ja tra­di­ción fue levan­ta­do sobre un anti­guo tem­plo dedi­ca­do a Miner­va. En 1358 fue con­sa­gra­do un altar, aho­ra en la crip­ta, cons­trui­da por San Wolf­gang. Las pin­tu­ras más anti­guas sobre las pare­des late­ra­les del ábsi­de de la crip­ta, y que repre­sen­tan a cua­tro obis­pos, se remon­tan al siglo XIV. En 1713 fue cons­trui­da, por Cas­par Öttl de Kelheim, la actual igle­sia supe­rior y la torre. En 1755 Franz Anton Neu reali­zó la deco­ra­ción inte­rior. Nota­bles son las dos imá­ge­nes de made­ra de 1580: el Sal­va­dor y María. La igle­sia es cua­dran­gu­lar con un ábsi­de; las pare­des están arti­cu­la­das cada una por dos pila­res con una cúpu­la pla­na en el cen­tro de la nave: San Ruper­to está pin­ta­do jun­to al Duque Teo­do­ro; y en los cos­ta­dos hay esce­nas de su obra misio­ne­ra; en los meda­llo­nes se repre­sen­tan ale­gó­ri­ca­men­te a las tres Vir­tu­des Teo­lo­ga­les y la Igle­sia. En el cen­tro del altar roco­có domi­na la ima­gen tar­do-góti­ca de la Vir­gen de las Gra­cias, y a sus dos lados, los dos san­tos obis­pos Ruper­to y Wolf­gang. En lo alto está la San­tí­si­ma Tri­ni­dad, y sobre un fres­co “María como auro­ra de la maña­na.”